Muchos la consideran como un elemento accesorio. Otros, como algo imprescindible. Pero ¿qué efectos produce la música durante una partida de rol?
Como amante de la música y aficionado a los juegos de rol durante buena parte de mi vida siempre me he sentido fascinado por la forma en la que ambas experiencias pueden unirse para potenciarse mutuamente.
La música como herramienta para inspirar emociones
Ya desde la antigüedad se conocía el poder de la música para provocar emociones concretas en el oyente. Para Platón y Aristóteles la música debía servir para disciplinar la mente, educar el alma y moldear el carácter (ethos). Miles de años más tarde, en pleno Barroco europeo, la llamada “Teoría de los Afectos” se pronunciaba sobre la forma en la que la música podía inspirar ciertas emociones en quienes la escuchaban.
Pero no hace falta ser teórico musical ni doctor en ciencias del comportamiento humano para reconocer que, efectivamente, la música puede facilitar el surgimiento de cierto estado de ánimo en el oyente o bien provocarlo directamente.
Veamos algunos ejemplos:
- Una fanfarria militar levanta la moral de las tropas si se escucha en el fragor de una batalla, a la par que inspira temor en el ejército enemigo.
- Una banda militar que toca para recibir a un general que vuelve victorioso aumenta su majestuosidad, así como el respeto y la admiración que la población siente por él.
- Un coro religioso realza el fervor religioso durante una misa, o estruja el corazón de los que asisten a un entierro.
- La partitura acertada de una buena película te hace llorar en una escena nostálgica, emocionarte en una romántica o clavar las uñas en la butaca en una terrorífica.
- Y por supuesto, ya que no todo van a ser ejemplos pedantes, sí: el reguetón te pone a perrear con más facilidad.
Con estos antecedentes es normal que la música haya acabado permeando en nuestras partidas de rol de una forma u otra, pero… ¿recuerdas cuándo fue la primera vez que la música fue “protagonista” durante una partida?
Antes todo esto era campo
En mi caso lo tengo bastante claro, y es un recuerdo tan vívido que casi diría que lo estoy reviviendo ahora mismo, a pesar de que han pasado más de 30 años.
Allá por mediados de los años 90, cuando cosas como Spotify o el mp3 no existían, la música doméstica se consumía principalmente con radiocasetes. El Compact Disc (CD) apenas comenzaba a tocar las puertas de los hogares más pudientes, pues los reproductores eran caros y la oferta musical escasa.
Nosotros tuvimos la suerte de comprar un reproductor musical de CDs y, para poder aprovecharlo al máximo, lo primero que hicimos fue comprar una recopilación de bandas sonoras de películas (4 discos que vendían en Galerías Preciados, justo en la época en que esta empresa fue absorbida por el Corte Inglés).
Ni que decir tiene que hasta que adquirimos otros discos, esas bandas sonoras fueron lo único que escuchábamos día y noche, y seguramente sean las responsables de mi amor por ese género.
Comento esto porque quizás a los lectores más jóvenes les cuesta imaginar un mundo sin una oferta musical infinita que nos acompaña en todo momento, pero antes la música era algo raro, casi excepcional.
Y esto nos conduce a su uso durante una partida de rol.
La música es una especia que mejora cualquier plato
Estábamos en la playa. Verano del noventa y pocos. Días largos de baño en las olas y tardes eternas alrededor de una mesa. Y rol. Mucho rol.
Mi hermano nos dirigía una partida de Star Wars (la edición “buena”, la de West End Games publicada en español por JOC Internacional). Ese juego, que siempre fue el fetiche de mi hermano y al que dedicamos buena parte de nuestra infancia rolera, se había desenvuelto siempre bajo el imaginario colectivo de las películas que tanto adorábamos, todo plagado de cazas estelares Ala-X, detonadores termales y créditos estándar.
Esa tarde, para nuestra sorpresa, mi hermano había preparado una partida algo especial (creo que siempre las preparaba porque en aquella época era más fácil inventar las aventuras que buscar módulos publicados) con un acto final climático en el que teníamos que huir en una nave después de haberla liado parda en alguna estación espacial perdida en los confines del Imperio Galáctico.
Justo cuando nos montamos en la nave de turno e intuíamos la tensión del combate que se avecinaba, mi hermano deslizó el dedo sobre un reproductor de música que tenía a su espalda y las notas de la banda sonora de Star Wars comenzaron a llenar la sala provocando un efecto electrizante en todos los que estábamos a la mesa.
Cualquiera que haya pasado tantas horas como yo agarrado al joystick disfrutando del Star Wars: X-Wing (LucasArts, 1993) sabrá lo que se siente cuando suena ese ritmo frenético del tema del ataque de los Tie-Fighters (en el que me parece que John Williams hace algo más que un guiño a la polirritmia de los Augurios de la Primavera de Igor Stravinsky).
Lo más curioso de todo es que esa música, que acompañaba a la narración como un traje hecho a medida, era la que muchos jugadores teníamos en la cabeza pero nunca podíamos oír… hasta ese momento.
No puedo expresar con palabras la cara que se nos quedó, cómo la habitación se oscureció y nos vimos allí mismo montados en una nave espacial rodeados de enemigos que nos disparaban rayos láser de color rojo. Pero qué duda cabe que ese momento lo disfrutamos mucho. Y por suerte no fue el único: mi hermano tenía reservadas otras escenas en las que otros temas de la banda sonora produjeron el mismo efecto catártico sobre nosotros.
La música como otro jugador a la mesa
Desde entonces ya no hubo vuelta atrás.
Tuve la sensación de que la siguiente partida, sin música, ya no sería lo mismo. Se quedaría pobre, falta de un elemento imprescindible que hasta entonces no nos había parecido para nada esencial.
Ese toque de atención tan vanguardista lo recuerdo como un verdadero detonante que cambió mi forma de dirigir. Y por ello siempre (o casi siempre) intento que la música se siente a mi mesa como un jugador más. Sutil, sin protagonizar ni llamar la atención, pero debe estar presente.
Gracias a la música:
- Mis partidas de Aquelarre siempre tuvieron ese punto más medieval al entrar en una iglesia o pasear por un mercado.
- Las investigaciones en mis sesiones de La Llamada de Cthulhu se sintieron más detectivescas al compás de los tropos narrativo-musicales del cine negro.
- Las escenas de terror, en cualquier ambientación, siempre se potenciaron al acompañarse de la disonancia adecuada.
Conclusión
La próxima vez que tu DJ te sorprenda con una música que refuerza la narración y con ello la experiencia de juego, reconócele el buen gusto y toma nota.
La próxima vez que dirijas una partida, dedica bastante tiempo a preparar la música más apropiada para esos momentos que sabes que llegarán de una forma o de otra.
Hoy día lo tenemos más fácil que nunca para explorar la vastísima oferta musical disponible y llevarla ordenada y lista para nuestra partida online o presencial.
Así que no hay excusas: que suenen los dados rodar sobre la mesa, ¡pero que bailen al compás de la música!